Mendoza dio un paso importante al ampliar el listado de especies protegidas como Monumento Natural Provincial. Lo celebro sin vueltas, porque reconocer al cóndor, al gato andino, al pichiciego o al águila coronada como parte central de nuestro patrimonio es, también, reconocernos a nosotros mismos. Pero quiero decirlo con claridad: no alcanza con nombrarlas. Yo quiero monumentos vivos, no letra muerta.
Cuando el Estado declara a una especie como Monumento Natural no está haciendo un gesto simbólico, está fijando un límite. Está diciendo que hay cosas que no se negocian. Y eso incluye, necesariamente, el hábitat. No se puede proteger un animal y al mismo tiempo habilitar actividades que degradan el territorio donde vive, porque en ese caso la protección es solo una ficción.
Por eso esta ley no puede ser leída como un catálogo más, porque es una declaración de intangibilidad territorial. Si el hábitat está protegido, cualquier intervención que lo altere de manera significativa entra en conflicto con ese principio. No hay compatibilidad posible entre la categoría de Monumento Natural y proyectos extractivos de alto impacto que transforman de forma irreversible el entorno.
Acá hay una discusión de fondo que Mendoza no puede seguir esquivando. ¿Qué modelo de desarrollo queremos? Porque no se trata de estar a favor o en contra de una actividad en abstracto, sino de entender que hay límites que el propio ordenamiento jurídico ya establece. La Constitución habla de la protección del ambiente y del principio de no regresión. No es una consigna, es una obligación.
También hay que decirlo: si esta ley no viene acompañada de presupuesto, de control y de presencia del Estado en el territorio, corre el riesgo de quedarse en el papel. Los guardaparques hacen un trabajo enorme muchas veces sin recursos básicos, y eso también es parte de la discusión.
Y hay algo más que me parece clave: la ciudadanía tiene que ser parte de esto. El control ambiental no puede quedar solo en manos del Estado, porque cuando un proyecto afecta un hábitat protegido, tiene que haber herramientas para denunciar, para exigir, para participar. Eso no es una concesión, es un derecho.
Esta ley es una oportunidad, pero también es una prueba. Porque, en definitiva, proteger la fauna no es proteger animales sueltos, es proteger el territorio, el agua y la vida, por eso requiere de coherencia. Si vamos a decir que algo es intocable, entonces tiene que ser intocable de verdad.